Temprano a la mañana siguiente, Sam se fue sin decir una palabra.
Andrea se quedó sola bajo el árbol en flor del patio, atónita. Por un breve momento, una extraña sensación de vacío se instaló en su pecho. En el aire del patio aún flotaba un tenue rastro de su aroma: limpio, firme, inconfundiblemente el de un lobo poderoso.
Tras quedarse allí un rato, sacó su teléfono y realizó una llamada.
—Ruby, procede según lo planeado. Tráelos.
Había pasado días preparando esta trampa. Hoy, por fin, cerrar