El Regreso de la Musa
El Regreso de la Musa
Por: Dulce
Capítulo 1

​Capítulo 1

​El firme taconeo por la acera iba marcando un ritmo metódico: uno, dos, tres, cuatro; dejando un rastro de perfume dulce a su paso. Las miradas se volteaban ante la altiva figura de quien iba reclamando el espacio como propio.

​Ajustó la cartera bajo su brazo y se colocó sus lentes; su blanca sonrisa dejaba ver sus caninos sobresaliendo cual vampiro a punto de morder. Con el cabello negro recogido en una pulcra coleta, llegó al conjunto de apartamentos, saludó con un tono amigable al guardia y se dirigió al ascensor. Después de digitar el número de piso, ella sonreía mirando su reflejo en los espejos; el tintineo constante de la bocina en el ascensor anunció su llegada al piso número siete. Salió del ascensor, se dirigió a su apartamento e ingresó de inmediato cerrando la puerta tras de sí. Se retiró los zapatos, la falda negra y la blusa gris; abrió la coleta dejando que su oscura cabellera cubriera su espalda blanca, se lanzó sobre la cama y soltó el aire contenido.

​Luego se dirigió a la ducha y dejó que el agua cubriera su cuerpo, como un ritual de purificación para su alma. Al salir, después de secar su piel, se puso una bata rosa y dejó su cabellera caer sobre una toalla colocada en su espalda. Cruzó las piernas, refinada y elegante, tomó el libro El nombre de la rosa que se encontraba sobre la mesita de noche y continuó la lectura a partir de la página donde brillaba el separador. Su celular empezó a sonar una, dos y tres veces; esperó la cuarta y contestó con naturalidad. Al colgar la llamada, se vio en el espejo y sonrió mostrando los dientes cuyo tratamiento fue recién retirado. Después se dirigió al ropero y buscó la ropa adecuada para su entrevista personal de trabajo. Aquella noche, al acostarse, casi podía percibir el aroma de las elegantes oficinas donde iba a firmar el contrato de trabajo como niñera.

​Damián, desde la oficina de presidencia, miraba con tristeza el río sin fin con los pétalos negros que le recordaban constantemente la partida de la madre de su sobrino. Entró entonces su asistente y amigo, Estéfano Aliaga, con un café cargado.

​—¿Otra vez evocando fantasmas? —pronunció tras dejar el café sobre el escritorio.

​Damián agradeció sin ganas y preguntó por su esposa y secretaria general de la empresa, Kiara de Falcón. Estéfano le comentó que, después de la reunión por el contrato de la niñera, salió con su escolta a una reunión con sus amigas. Damián sonrió sin ganas y le solicitó que se retirara. Sentado en el escritorio revisando documentos, vio el café enfriarse; se puso de pie y lo mandó por el inodoro para no herir a su amigo.

​Con las manos sosteniendo su cabeza, recordaba los pocos momentos de lucidez de su hermano Patrick; él juraba que su musa, su gran amor, no estaba muerta a pesar de que el resultado forense decía otra cosa.

​Pasó la noche muy rápido y el viernes Viviana Gómez se acercó a la ventanilla de información de Falcon's Creations. La suavidad de su voz transmitía seguridad y una ternura innata. La joven que atendía le dijo que tendría que esperar una hora, pero el objetivo apareció a las nueve en punto, cual milimétrico reloj: Kiara, con su escolta personal, ingresaba. Viviana se acercó a Kiara mostrando una sonrisa amigable.

​—Estoy aquí por el puesto de niñera; anoche su secretaria me pidió que viniera a la entrevista hoy —dijo Viviana directamente, extendiendo la mano.

​El personal de seguridad la iba a sacar del edificio, pero Kiara los detuvo y guio a Viviana a su oficina. Después de pedirle que se sentara, empezó a dictar los protocolos que tenía que seguir.

​—Las reglas aquí son estrictas: no aceptamos fotos, videos o información que salga de la casa o la empresa. Tiene que vivir ahí, le vamos a proveer de tres uniformes y tendrá un día y medio libre. No aceptamos escándalos de ninguna naturaleza y tendrá que, al ingresar y salir, pasar su bolso, maleta o cartera por el escáner que está en la entrada del condominio Falcón. Su sueldo será depositado en una cuenta de la empresa a la que podrá acceder con una tarjeta. ¿Alguna pregunta? —dijo Kiara de forma directa y seria.

​Viviana miró levemente a la ventana y sus ojos se congelaron en el río sin fin.

​—¿Cuándo podré empezar? Me urge el trabajo —expresó con franqueza, pero con una calma absoluta, como si la urgencia se ajustara a su ritmo y su tiempo.

​Kiara se aclaró la garganta y respondió mientras encendía el computador.

​—A partir del lunes. Debe acercarse al condominio E, presentarse con el guardia de turno y pasar por el protocolo que ya le mencioné —respondió Kiara con el contrato, cuya tibia hoja terminaba de pasar por la impresora. Le indicó dónde debía firmar y los siguientes pasos; le dijo, además, que sus días libres eran desde el mediiodía del sábado y el domingo.

​Viviana se puso de pie con una firmeza que helaba la piel, agradeció con sutileza y se dispuso a salir. Pero antes de hacerlo, le informó que podían enviar la rutina del niño que iba a cuidar a su celular. Kiara asintió con la cabeza y le pidió que fuera puntual: el lunes a las 8 de la mañana ya debería estar en el cuarto del niño. Viviana asintió asegurando que así sería y salió.

​Al salir, a las 9:25, en la entrada se encontró con Damián Falcón. Viviana se cruzó en su camino y saludó con una calidez reverencial en su voz. Damián, al cruzar su mirada, se fijó en su sonrisa de vampiresa e hizo una leve venia. Estéfano tartamudeó y preguntó suavemente:

​—¿La conoce, señor?

​Damián lo negó inmediatamente con una sonrisa, mientras la veía salir del edificio cortando el aire con su cuerpo. Estéfano sonrió de medio lado y explicó:

​—Pasamos ayer dos horas revisando perfiles. ¿Cómo es posible que no la recuerde? Ella es la persona que usted y su esposa escogieron para niñera.

​Damián, avergonzado, compartió con él que llevaba meses con su cabeza en otro lado y por eso agradecía que él estuviera analizando junto a él cada paso. Estéfano movió la cabeza y recordó el exhaustivo trabajo que les llevó contratarla, pero eso no le terminaba de convencer sobre la decisión tomada.

​El jueves por la noche, la sala de juntas se convirtió en un búnker para Estéfano, Damián y Kiara. Al proyectar los currículums, las opciones resultaron desalentadoras: la mitad eran jóvenes estudiantes con perfiles mediocres o inflados, y la otra mitad se ocultaba bajo datos falsos, pero sus sistemas de seguridad los detectaron de inmediato. Solo quedaban dos. La primera, una mujer cuya condición física chocaba con la disponibilidad exigida. La última opción era Viviana. Su nivel de estudios sobrepasaba con creces lo requerido, su domicilio fue verificado y su ingreso al país estaba en regla. Con una maestría en idiomas, era una políglota nata.

​—Es demasiado buena para ser niñera —protestó Estéfano.

​Kiara lo miró y suspiró con cansancio.

​—Es eso o volver al portal de contratación y pedir de nuevo una niñera.

​Damián entró al ruedo como mediador.

​—La casa está totalmente vigilada y los espacios donde pasa el niño están con cámaras secretas y bien ubicadas. Propongo que la contratemos seis meses.

​Kiara aceptó la idea y, siendo parte de la minoría, Estéfano dijo que iba a pedir a Recursos Humanos que redactaran el contrato. Pero Kiara propuso hacerlo personalmente. Al salir Viviana del edificio Falcon's Creations, respiró con alivio. Se dirigió a un café y pidió un desayuno completo, se tomó el tiempo para saborear cada bocado y luego regresó a su cómodo departamento.

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