La última noche se sentía sagrada.
Sienna estaba de pie en el centro de la gran suite del calabozo, vistiendo nada más que el elegante collar de plata que la declaraba como suya. Su cuerpo ya estaba marcado por la semana: tenues hematomas, ronchas y el constante y delicioso dolor entre sus piernas. Sin embargo, nunca se había sentido más viva.
Lucian y Darius se acercaron a ella juntos, ambos desnudos y poderosamente erectos. Sus ojos reflejaban hambre, orgullo y algo mucho más profundo.
—Esta