Daniela sintió que le fallaban las piernas. Aunque sus manos seguían rodeando el cuello de Diego, su cuerpo juvenil y curvilíneo se había rendido contra el de él.
Diego rodeó su cintura con el brazo, sosteniéndola y atrayéndola hacia sí.
Daniela, con el rostro completamente rojo, lo apartó.
Sus labios se separaron. Diego miró los labios de ella, ahora brillantes y enrojecidos por sus besos.
—¿Qué pasa? —preguntó con voz ronca.
Los ojos húmedos de Daniela lo miraron con timidez, mientras lanzaba