El rostro aristocrático de Mateo no reveló ninguna emoción. Con voz indiferente, respondió: —Todavía no.
Catalina insistió: —Señor Figueroa, hay que darse prisa con este asunto. La condición de Luciana no puede esperar más.
Ángel añadió: —Es cierto, señor Figueroa. Esta vez pudieron reanimar a Luciana cuando se desmayó, pero ¿qué pasará si la próxima vez no pueden salvar a mi hija?
Mateo respondió: —Lo tengo presente.
En ese momento, sonó la melodiosa tonada de un teléfono.
Mateo sacó su móvil: