Valentina enrojeció completamente y mordió la punta de la lengua de Mateo.
El dolor repentino hizo que la soltara. Valentina respiraba profundamente, sus párpados temblaban, haciendo que sus pestañas se movieran como pequeños abanicos, frágiles y nerviosos, despertando compasión.
Mateo la sujetó de la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Estás suplicándome. Si te atreves a morderme otra vez, tu amiga no saldrá de allí. ¿Entiendes lo que digo?
Su voz ronca sonaba amenazante.
La actitud dominante de