El sonido familiar salió del teléfono.
Joaquín se levantó del sofá dando un salto:
—¡Mierda!
Apenas había dado un paso con su bastón zen cuando ella giró en el aire y lo derribó de un hachazo.
¡Había muerto!
¡Había perdido!
La agitación de Joaquín llamó la atención de Mateo, quien levantó la mirada para observarlo.
—Valentina, otra ronda. —Exigió.
Ella aceptó.
Comenzó la segunda ronda.
Dos segundos después, Mateo volvió a escuchar los gritos furiosos de su amigo:
—¡Mierda! ¡Mierda, mierda, mierd