Daniela se detuvo frente a la puerta de la oficina y tocó suavemente con los nudillos.
La puerta no estaba cerrada, Daniela podía ver el interior donde Nicolás estaba sentado en la silla del escritorio. Se había quitado el saco negro y llevaba una camisa blanca impecable con pantalones negros, con la mirada baja leyendo un libro. Su apariencia elegante y distinguida era imposible de ignorar.
Al escuchar los golpes en la puerta, Nicolás levantó la vista:
—Adelante.
Daniela entró:
—Profesor Duque,