Vi a mi madre tendida en su cama, el rostro gris y demacrado. Marco de pie sobre ella con una taza de té, sonriendo esa sonrisa horrible. Intenté gritar, intenté advertirle, pero no salió ningún sonido. Mis piernas no se movían. Estaba congelada, obligada a mirar mientras él vertía veneno en su té, mientras ella lo bebía confiada, mientras la vida se drenaba de sus ojos.
—Elena —susurró, extendiendo la mano hacia mí—. Ayúdame.
Pero no podía moverme. No podía salvarla. Solo podía quedarme allí i