El auto de Luna todavía estaba en la entrada cuando sonó el teléfono de Jena, y por el sonido de su voz al otro lado —cruda, destrozada, sin nada del pulido habitual—, Jena entendió, antes de que Luna dijera una sola palabra coherente, que la velada había salido precisamente tan mal como había temido.
* Me echó - dijo Luna, y la frase se disolvió casi de inmediato en un sollozo, el tipo de llanto feo y sin reservas que Jena nunca le había presenciado en cinco años de compostura cuidadosa y cal