La casa se sentía demasiado grande sin ella.
Miguel lo notó primero en las cosas pequeñas y absurdas: la forma en que sus pasos resonaban de manera diferente por el pasillo ahora, la forma en que la cocina permanecía oscura e intacta por las mañanas porque nadie se levantaba temprano para llenarla con el olor a café y algo horneándose. Luna había intentado, una o dos veces, llenar ese silencio ella misma, tarareando alguna melodía mientras se movía por el espacio que nunca le había pertenecido