—Así que… —murmuró Chely con la voz áspera, cargada de hierro—. ¿Eras tú?
Maya ladeó la cabeza, observándola con una curiosidad casi infantil, como si aquella confirmación no fuera una revelación, sino un halago esperado.
—Siempre fuiste inteligente —respondió con suavidad—. Demasiado para tu propio bien.
Chely levantó el mentón a pesar del dolor que le atravesó el cuello.
—Eres una enferma.
Maya sonrió, sin ofenderse.
—No —corrigió—. Soy ambiciosa.
Se movió despacio a su alrededor, los tacones