Cuatro días...
Cuatro días de silencios tensos, miradas esquivas y una cama compartida que se sentía más grande y más fría de lo que realmente era. Cuatro noches en las que Lía dormía de espaldas, con el cuerpo rígido, como si la cercanía de Adrik fuera una frontera que no estaba dispuesta a cruzar.
Lía estaba enojada, no molesta ni incómoda. Enojada de verdad y Adrik Volkov estaba pagando cada segundo de eso.
No era un castigo planeado, ni una estrategia. Era simple. No podía mirarlo sin recordar la forma en que había entrado al restaurante como un depredador, la manera en que había apretado su brazo, la orden seca y autoritaria. Ese recuerdo le ardía más que cualquier herida.
—Sigues sin mirarme —dijo él finalmente, apoyado en el marco de la puerta del dormitorio—. Ya pasó casi una semana.
Lía se ajustó el abrigo frente al espejo, concentrada en cada botón, en cada gesto mínimo que no lo incluía. Ignorarlo se había vuelto una habilidad precisa y quirúrgica.
—Sigo mirándote —respondi