—¿Realmente es necesario intentarlo? Las balas y las piedras no han servido, menos lo harán los puños.
Armando y Rafael pensaban que era imposible que Faustino lo lograra.
—Déjenme intentarlo. ¡Este mono americano, si no lo hago llorar llamando a sus padres, no me llamo Faustino!
Faustino, terco como era, ignoró todas las advertencias.
Discretamente envolvió sus puños con el flujo plateado de su interior y ¡golpeó el vidrio blindado!
¡Crack!
Finas grietas comenzaron a extenderse desde el punto d