—¡Todo es tu culpa, todo es tu culpa! ¡No te había hecho nada, ¿por qué me haces esto?!
Amaranta, con el pelo revuelto, la ropa desgarrada y la cara hinchada como una cabeza de cerdo, miraba fijamente a Faustino y le gritaba con veneno.
En su opinión, su situación actual era toda culpa de Faustino por revelar la verdad.
—¡Maldita sea, si no fuera por Faustino diciéndome la verdad, ¿cuánto tiempo más me habrías engañado?!
—¿Te atreves a hacer estas cosas pero no a reconocerlas?
—Amaranta, durante