Al rato, Faustino ya le había acomodado siete costillas a Daniela. Se limpió la sangre de la frente, tomó el encaje negro que había tirado a un lado y se lo puso suavemente a Daniela.
Daniela, con sus manitas ilesas, experimentó que otro hombre le ayudara a vestirse… y Faustino era bastante hábil para eso…
Daniela miró a Faustino, con unos brillitos en los ojos. La adversidad une, ¿no? Le había hecho eso a Faustino, y él la había salvado… ¡no lo podía creer!
—Faustino, yo…
Pero Faustino no pensó