Daniela se sentó en una roca junto al estanque, jadeando por el esfuerzo. Se sentía mareada y con la cara roja por el calor, el sudor le pegaba el cabello a las mejillas y le caía por la barbilla.
—Ya no puedo más, no puedo dar ni un paso más —dijo.
Faustino, con una constitución más robusta, no sentía fatiga. Pero estaba empapado en sudor, incluso sus pantalones goteaban agua. Sentía un calor abrasador.
—¡Qué calor! El sol de la montaña es brutal. Voy a refrescarme primero —dijo, y sin esper