MARION
—¡Dame un minuto! —gritó Demetria desde su apartamento. Reí entre dientes, mirando mi reloj Patek Philippe mientras me apoyaba en el marco de la puerta. Un minuto con ella solía significar cinco, quizá diez, pero no me importaba esperar. La anticipación era la mitad de la emoción.
Cuando la puerta por fin se abrió, todos mis pensamientos se desvanecieron.
Estaba allí de pie, con ese vestido de seda blanca, como si el mundo hubiera estado conteniendo la respiración solo por ella. La tela