DEMETRIA
—¡Gracias a Dios! ¡Qué alegría poder irme a casa hoy! —gemí. Después de dos semanas en el hospital, estaba deseando irme.
El doctor rió entre dientes. —Sí, señorita Hernández, pero tendrá que usar silla de ruedas un tiempo.
—¡De ninguna manera! ¿No puedo usar muletas? Ya tengo una escayola en el pie —protesté.
—Estás herida, Deme —intervino Anastasia, cruzándose de brazos—. Quizás deberías esperar unos días.
Fruncí el ceño y le lancé al doctor una mirada suplicante. —¿Doctor?
Suspiró,