Afuera no había más que oscuridad. La lluvia arreciaba y empapaba el estrecho sendero que se perdía entre los árboles. No pasaban vehículos ni se divisaba la luz de ninguna linterna. Eso significaba que nadie lo había seguido.
Silas volvió a sentarse, intentando convencerse de que todo se reducía a los ruidos de la naturaleza. Unos minutos después, su cuerpo se tensó.
Esta vez, el sonido venía del interior de la casa.
Levantó la pistola, apuntó hacia el techo deteriorado y luego dirigió la mirad