—¡Carajo... carajo!
Silas apretó la mandíbula mientras vertía sobre la herida lo poco que le quedaba de solución antiséptica. El dolor abrasador le caló hasta el hueso y lo obligó a cerrar el puño con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Pero lo que lo inquietaba aún más que el dolor era la pierna izquierda. Intentó mover el pie; apenas reaccionó. Lo intentó de nuevo, con el mismo resultado.
Su expresión cambió. Por primera vez desde que consiguió escapar, su seguridad flaqueó.