El aire frío de la montaña calaba hasta los huesos cuando Silas volvió a detenerse. Respiraba con dificultad y, entre los dientes apretados, se le escapaban quejidos de dolor.
Hacía casi dos horas que había abandonado el auto tras quedarse sin combustible en el camino pedregoso. Desde entonces, no le quedó más que seguir a pie por un estrecho sendero, casi invisible entre la espesura de los árboles.
Cada paso era un castigo.
La herida de bala en el muslo izquierdo seguía sangrando a pesar del ve