Lydia suspiró.
A pesar de las punzadas de dolor que aún sentía de vez en cuando, se incorporó con cuidado al borde de la cama. El doctor le había advertido que no hiciera esfuerzos, pero esa noche había algo que deseaba hacer.
Quería ver partir a Cale.
Con pasos lentos y cuidadosos, Lydia caminó hacia el gran ventanal que daba al patio delantero de la villa. Apartó la cortina lo suficiente para ver el camino de entrada, que a esa hora comenzaba a quedar desierto.
A lo lejos, todavía se distinguí