Era uno de sus dientes delanteros.
El silencio que siguió fue mucho más aterrador que el sonido del propio puñetazo. Nadie habló. Incluso los hombres de Silas, que tenían las armas listas desde el principio, se limitaban a mirar el pequeño objeto en el suelo con expresión tensa.
Silas alzó la mano y se tocó la boca. Pasó despacio la lengua por el hueco que le había quedado. Bajó la mirada un instante hacia el diente tirado en el suelo y volvió a alzarla para encontrarse con la de Cale.
Por prime