A la mañana siguiente, antes del amanecer, el campamento seguía sumido en el silencio.
El aire de la montaña estaba mucho más frío que la noche anterior. Una fina neblina flotaba a poca altura entre los pinos, mientras el cielo seguía lleno de estrellas que aún no cedían su lugar a la luz de la mañana. A lo lejos, el suave murmullo del río era el único sonido en aquella hora previa al amanecer.
Lydia despertó. Durante unos instantes, mantuvo los ojos cerrados y disfrutó los últimos vestigios del