Falcon agarró el respaldo de una silla cercana con tanta fuerza que estuvo a punto de romperlo.
—No me pongas a prueba.
Silas lo miró con creciente frialdad.
—Tus amenazas no significan nada para mí.
El silencio volvió a adueñarse del almacén. Afuera, la lluvia golpeaba el techo metálico con más fuerza que antes y el estruendo retumbaba por todo el edificio.
Falcon avanzó unos pasos más y se plantó frente a Silas, intimidante por su corpulencia.
—Podría matarte.
Uno de los guardaespaldas de Sila