Mientras tanto, Lydia dudó un momento antes de contestar la llamada de Althea, abrumada por todo lo que ocurría esa noche. Pero desde hacía un buen rato, una inquietud persistente no le daba tregua. No podía librarse del miedo de que algo terrible hubiera pasado.
Afuera, la lluvia no cesaba. Golpeaba los ventanales altos de la vieja residencia fortificada de la familia Devereux y sumía la habitación en una atmósfera fría y agobiante.
Naomi seguía pálida después de lo ocurrido hacía un rato en el