Tenía el cabello blanco y, aun así, mantenía la espalda recta y digna. Vestía ropa oscura y formal, y se movía con la disciplina de quien lleva mucho tiempo acostumbrado a servir en silencio. En cuanto vio a Naomi, se inclinó con respeto.
—Buenos días, señorita Naomi.
Naomi todavía no se acostumbraba a que la trataran así. Recorrió una silla despacio y asintió apenas.
—Buenos días.
El anciano le sirvió el té con movimientos calmados y precisos. Naomi lo observó unos segundos.
—Es la primera vez