—¡Uf, cómo me duele la cabeza! ¿Por qué tuve que acabar la noche soportando tantos sermones de ese fastidioso de Cale?
Naomi se frotó los ojos con desgana, volvió a abrazar la almohada y se dio vuelta perezosamente en la cama. Tenía el cabello hecho un desastre; unos mechones le caían sobre la cara y mantenía los ojos entrecerrados, todavía adormilada.
La luz de la mañana se colaba por las rendijas de las grandes cortinas y bañaba la habitación con su resplandor. Sin embargo, nada de eso calmaba