Esa mañana, el estudio de Daven se impregnó con el suave aroma del té de manzanilla y el olor del pan tostado con mantequilla. La luz del sol se filtraba por los grandes ventanales que estaban detrás de su escritorio, bañando con un brillo cálido al hombre que ahora se recargaba en su silla. Sus ojos no se apartaban de la mujer que servía el té con cuidado en una taza.
Althea se veía tranquila. Su sonrisa no era muy amplia, pero bastaba para iluminar la habitación un poco más de lo habitual.
—¿Así está bien? —preguntó ella mientras ponía la taza de té junto al plato de Daven.
Él asintió apenas.
—Sí.
—Perdón por no prepararte café. Creo que se terminaron los granos que te gustan, pero compraré más esta tarde.
De nuevo, Daven solo asintió brevemente.
Comieron en silencio por un momento. Solo el suave tintineo de los cubiertos rompía la calma. Si alguien le preguntara a Althea cómo se sentía, la respuesta sería confusa. No entendía del todo por qué Daven quería desayunar ahí, lejos de los