Nubes grises cubrían el cielo de Berlín cuando un auto negro se detuvo despacio en el patio delantero de la residencia Falcon. En cuanto se abrió la puerta del auto, el aire frío del otoño lo envolvió todo.
Brandon bajó sin prisa. Todavía le dolía el hombro izquierdo cada vez que se movía, pero caminó con paso firme, como si la herida ya no le afectara.
En la mano derecha llevaba una urna negra con grabados dorados que cubrían toda la superficie. No era muy grande, pero llamaba la atención de cu