Brandon caminó hacia su asiento. Pero antes de sentarse, colocó justo en el centro de la mesa del comedor la urna negra con grabados dorados que había llevado consigo todo ese tiempo.
Lo hizo con cuidado, casi sin hacer ruido. Aun así, captó la atención de todos. Juan arrugó la frente.
—¿Qué trajiste?
Brandon apartó la silla y se sentó con calma, sin responder. Un sirviente empezó a servir café, pero nadie en la mesa lo tomó. Juan volvió a mirar a su hijo.
—Te pregunté algo, Brandon.
Brandon alz