Pero, al terminar, Eli, que sentía el cuerpo aún más pesado, se puso la pijama y fue hacia la cama.
Apenas dio unos pasos, se detuvo. Le dolía el cuerpo. No era solo la mano. También le dolían los hombros, la espalda y hasta las piernas, como si acabara de pasar por un entrenamiento intenso.
Eli tuvo un mal presentimiento.
—No me digas que...
Se tocó la frente.
Estaba caliente.
Eli se quedó callada.
—¡Rayos! ¿De verdad me va a dar fiebre solo por una pelea así?
Intentó reír bajito, pero el sonid