Tony se quedó mirando su teléfono con los ojos enrojecidos, apretándolo con fuerza. Levó la vista hacia el edificio y lo único que podía imaginar era a Harriett y Damien enredados entre sábanas blancas, haciendo el amor. El corazón se le oprimió ante aquella imagen y los celos lo invadieron.
—¿Señor? ¿Le aviso a la señora Daniels de su presencia? —preguntó el hombre de mediana edad.
Tony giró hacia él, temblando de rabia.
—Señorita Edwards —corrigió entre dientes, haciendo que el pobre hombre s