El jardín del Hotel Miller tenía una luz de viernes que no pedía nada.
Alice esperaba junto a la fuente con Max en el portabebés, diez minutos antes de que Margaret llegara. El jardín de Thomas era el espacio más honesto del hotel: no estaba diseñado para impresionar, no fingía poder ni convertía la belleza en argumento.
Por eso Alice había aceptado que la primera visita ocurriera allí.
No en la habitación de Max. No en el despacho. No en una sala donde cada silla pudiera convertirse en símbolo.