El lobby estaba casi vacío, pero el árbol seguía encendido como si no supiera cansarse.
Dorado y verde. Luces blancas que no parpadeaban: respiraban. Un brillo constante, impecable, diseñado para fotografía. Diseñado para calma.
Alice se quedó frente a él con una carpeta en la mano, aunque ya no quedaba nada real que revisar. Había pasado el día moviendo piezas invisibles —proveedores, contratos, equipos, sonrisas— como si la perfección fuera un lugar al que se llega con suficientes listas.
No l