La niñera se fue a las tres y cincuenta, no porque Alice se lo pidiera. Max se había dormido en sus brazos a las tres y cuarenta y ocho, con la velocidad específica del ciclo de cierre que su cuerpo de seis semanas ejecutaba sin aviso. Un segundo antes estaba despierto, los ojos fijos en la luz lateral; al siguiente, la cabeza rendida contra su hombro y la respiración en ese ritmo profundo de las cosas que no necesitan nada.
—Voy a estar en el corredor —dijo la niñera en voz baja.
La puerta se c