Elia se recostó en el respaldo de cuero, mirando la oscuridad afuera, con voz ronca y áspera: —¿Cómo decírtelo? ¿Esa noche no te fuiste a beber? ¿No permitiste que Yulia dejara la marca de su lápiz labial en tu camisa? ¿No regresaste diciendo que no era necesario separarnos, que mejor nos divorciáramos directamente? Sí, nuestro matrimonio no comenzó por amor, pero tampoco tenía que llegar a ser tan humillante.
Recordar ese pasado siempre resultaba amargo, diluyendo la poca dulzura que había habi