La atmósfera se volvió sumamente tensa.
Esmeralda, sin medir sus fuerzas, intentó abofetear, pero Samuel le agarró la muñeca.
Su fuerza era considerable, apretándola hasta hacerle daño. Esmeralda tenía los ojos llenos de lágrimas.
Gritó indignada:
—¡Samuel!
Samuel no se dio vuelta, su mirada seguía fija en el rostro de Elia, dijo suavemente:
—Sal.
Durante ocho años, él nunca había levantado ni un dedo contra nadie.
¿Cómo iba a permitir que Esmeralda golpeara?
Esmeralda no estaba muy dispuesta, p