El pacto entre ellos contemplaba apenas tres días como marido y mujer.
Sin embargo, Damián apenas tuvo presencia real, consumido por obligaciones que lo mantenían encerrado en el despacho de la villa durante gran parte del día. Las noches eran otro mundo para él; salía al anochecer y no volvía hasta poco antes del amanecer, siempre antes de las cinco. Al regresar, tras asearse meticulosamente, buscaba a la pequeña Elia, la envolvía en sus brazos y dejaba que melodías suaves escaparan de sus labi