Alejandro había muerto. Al exhalar su último aliento, apretaba fuertemente las manos de sus dos hijos. No sufrió demasiado, ni siquiera alcanzó a escuchar la música fúnebre ni los sollozos de sus nietos...En sus oídos, resonaban los acordes ceremoniales, y frente a él se extendía una alfombra roja de diez kilómetros. Su anciana esposa seguía tan joven como siempre, esperándolo al otro lado.
— Diego, Fernando, papá se va. No se pongan tristes. Vivir como lo he hecho no es fácil. Si pudiera, me gu