En el sombrío centro de detención, el corazón de Alejandro dolía intensamente. Una silueta oscura esperaba en la esquina exterior del muro.
Era Susana.
Alejandro ya estaba preparado.
Se acercó a ella y habló con voz ronca y profunda:
—Debo agradecerte por salvar a toda la familia Uribe. Sin tu llamada, Aitana habría perdido la vida y la reputación de los Uribe habría quedado destruida.
Fernando, a su lado, le entregó un título de propiedad.
Alejandro sopesó el documento y habló con cuidado:
—Luc