Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Tessa
Noviembre de 2018 Mi corazón latía tan deprisa que parecía imposible que Matteo no pudiera oírlo. Sus manos seguían sujetando mi cintura mientras nuestros rostros permanecían demasiado cerca. La tenue iluminación lo envolvía todo en un tono dorado. Cálido. Irreal. Y, por primera vez en mi vida, entendí por qué la gente escribía canciones sobre el deseo. Porque aquello era demasiado grande para caber dentro del pecho. Mis dedos recorrieron lentamente su camisa abierta. Y fue imposible no mirar. Dios mío. Su abdomen marcado se dibujaba bajo la cálida luz de la habitación, los músculos tensándose cada vez que mis manos pasaban sobre ellos. Aquello debería haberme avergonzado. Pero solo consiguió dejarme sin aliento. Matteo se dio cuenta enseguida. Claro que se dio cuenta. Una sonrisa ladeada apareció en la comisura de sus labios mientras sus ojos oscuros me observaban de aquella forma tan peligrosa. —Me estás mirando demasiado, Tess. Sentí que toda la cara me ardía. —Cállate. Él soltó una risa baja. Y volvió a besarme. Más despacio esta vez. Como si quisiera disfrutar de cada una de mis reacciones. Mis manos subieron automáticamente hasta su cuello mientras Matteo me guiaba hacia la cama sin separar sus labios de los míos. Todo en él era demasiado intenso. Su aroma. Su calor. Sus grandes manos deslizándose sobre mi piel como si fuera algo precioso. Cuando me acostó con cuidado sobre el colchón, sentí que el estómago me daba un vuelco. Porque aquello estaba ocurriendo de verdad. Matteo volvió a inclinarse sobre mí y sus besos comenzaron a descender lentamente por mi cuello. Todo mi cuerpo se estremeció. —Matteo… Sonrió contra mi piel al darse cuenta del efecto que estaba provocando en mí. Y aquello debería haberme hecho sentir más tímida. Pero, extrañamente, solo consiguió que quisiera más. Sus manos acariciaban despacio mi cintura mientras sus labios seguían recorriendo mi piel con infinita delicadeza, como si estuviera descubriendo cada parte de mí por primera vez. Mi respiración ya era completamente irregular. Y cuanto más me besaba con aquella mezcla de ternura e intensidad, más difícil me resultaba pensar con claridad. Al principio intenté esconder el rostro, muriéndome de vergüenza por lo vulnerable que me sentía. —Matteo… —murmuré apenas, completamente sin aliento al intuir sus intenciones. La sonrisa apareció de inmediato en la comisura de sus labios. Casi segura de sí misma. Casi traviesa. Pero cuando volvió a mirarme, sus ojos seguían siendo increíblemente dulces. Como si estuviera esperando mi permiso sin necesidad de pedirlo. Y eso terminó por desarmarme. Porque asentí. Aun estando nerviosa. Aun sintiendo que me ardía la cara de vergüenza. Sus dedos se entrelazaron lentamente con los míos, manteniendo mi mirada atrapada en la suya mientras seguía besándome. Y entonces dejé de ser capaz de pensar. Mi cuerpo reaccionó por sí solo mientras intentaba inútilmente recuperar la respiración. Pero Matteo parecía disfrutar de cada una de mis reacciones. De cada vez que contenía el aliento. De cada vez que su nombre escapaba de mis labios sin que pudiera evitarlo. —Dios mío… Matteo… Nunca había sentido algo parecido. Nunca. Y lo más increíble era que él conseguía hacerme sentir así con una delicadeza que jamás habría imaginado. Sonrió otra vez. Y eso solo consiguió desarmarme todavía más. Porque Matteo parecía peligrosamente feliz de verme perder el control de aquella manera. Cuando volvió hasta mí unos minutos después, mis dedos seguían temblando. Me sostuvo el rostro con infinita suavidad y volvió a besarme, despacio. Con más ternura. Como si intentara tranquilizarme. Apoyó la frente contra la mía mientras los dos tratábamos de recuperar el aliento. Entonces murmuró con la voz ronca: —Eres tan dulce… Creo que nunca voy a olvidar la forma en que me miró en ese momento. Como si él también estuviera profundamente conmovido. Como si aquello significara algo para él. El siguiente beso fue todavía más lento. Más íntimo. Y entonces los nervios regresaron de verdad. Porque aquello dejaba de ser solo besos. Mis manos se aferraron automáticamente a sus hombros cuando Matteo se detuvo un instante para mirarme. Sus ojos oscuros encontraron los míos. Eran diferentes. Menos provocadores. Mucho más profundos. —Eh… —murmuró en voz baja, apoyando la frente contra la mía—. Podemos detenernos cuando tú quieras. Sentí un nudo en el pecho al instante. Porque parecía realmente preocupado por mí. Negué despacio con la cabeza. —No quiero detenerme. Algo cruzó su mirada en ese momento. Algo demasiado intenso para que pudiera explicarlo. Casi vulnerable. Y eso hizo que me sintiera extrañamente segura. Como si, detrás de toda aquella confianza que siempre mostraba… Matteo estuviera tan conmovido como yo. El siguiente beso fue todavía más cuidadoso. Más lento. Y cuando la incomodidad apareció, cerré los ojos automáticamente mientras me aferraba con fuerza a sus brazos. Matteo dejó escapar una maldición en voz baja. —Perdón… Joder, Tess, perdón… Negué rápidamente con la cabeza, intentando recuperar el aliento. Porque, aunque estuviera asustada… no quería que se alejara. Sus manos sostuvieron mi rostro con un cuidado casi imposible de describir. Y, poco a poco, la tensión comenzó a desaparecer. La incomodidad también. Sustituida lentamente por otra sensación. Más cálida. Más intensa. Volví a levantar la vista hacia él casi sin darme cuenta. Y fue entonces cuando lo vi. La emoción. Verdadera. En sus ojos. En la forma en que me miraba, como si aquello significara algo. Como si yo significara algo. Mi corazón volvió a latir con fuerza. Y aquella expresión… Aquella vulnerabilidad escondida entre tanta intensidad… Me dio valor. Así que seguí su ritmo poco a poco. Todavía nerviosa. Pero confiando en él. Sus dedos volvieron a entrelazarse con los míos mientras nuestras respiraciones se mezclaban en el silencio de la habitación. Y cada vez que levantaba la vista para mirarlo, Matteo parecía perder un poco más el control. —Dios mío, Tess… —murmuró con la voz ronca junto a mis labios—. Eres increíble. Sentí que el rostro volvía a arderme. Pero la forma en que lo dijo… Casi maravillado. Casi como si no pudiera creerlo… Hizo que algo dentro de mí terminara de derretirse. Entonces volvió a besarme. Y aquella noche, entre la luz dorada, las respiraciones entrecortadas y las manos temblorosas… Me enamoré de Matteo Delacroix de una forma de la que ya no había vuelta atrás.






