Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Matteo
Noviembre de 2018 No podía dejar de mirarla. Por más que lo intentara. Por más que supiera que probablemente ya empezaba a resultar extraño. Tessa estaba acostada a mi lado, parcialmente cubierta por las sábanas blancas del hotel, con el cabello castaño esparcido sobre la almohada y las mejillas todavía ligeramente sonrojadas. Preciosa. Pero no solo preciosa. Parecía… feliz. Y eso hacía que algo dentro de mi pecho se encogiera de una forma peligrosamente intensa. Deslicé lentamente la mano por su hombro, acariciando distraídamente su piel suave mientras observaba su rostro. Tessa se dio cuenta. Claro que se dio cuenta. —Deja de mirarme así —murmuró, escondiendo la mitad de la cara en la almohada. Sonreí sin poder evitarlo. —¿Así cómo? Soltó una risita tímida. —Como si fuera… no sé. —¿Lo más bonito que he visto en toda mi vida? Su rostro volvió a teñirse de rojo al instante. Dios mío. Le pasaba siempre. Se sonrojaba como si nadie la hubiera halagado de verdad en toda su vida. Y, sinceramente… Eso me enfurecía. Porque significaba que el mundo había fracasado miserablemente al no saber ver a Tessália Blake. Sus dedos encontraron lentamente mi pecho. Trazando líneas distraídas sobre mi piel mientras evitaba mirarme directamente. —Sabes que voy a terminar creyéndome esas cosas si sigues hablándome así. Incliné un poco la cabeza hacia ella. —Quizá eso sea exactamente lo que quiero. Por fin levantó la vista. Sus ojos claros seguían reflejando esa mezcla de vulnerabilidad y desconcierto. Y entonces sonrió. Una sonrisa pequeña. Pero completamente feliz. Sentí otra vez aquel nudo en el pecho. Tessa se acercó despacio hasta apoyar la barbilla sobre mi pecho. —Te has quedado callado otra vez. Mi mano subió automáticamente hasta acariciarle el rostro. —Estoy pensando. —Eso nunca termina bien contigo. No pude evitar reírme por lo bajo. Entonces hablé antes de perder el valor. —Esto también fue mi primera vez. Parpadeó. Y luego estalló en una carcajada. Fuerte. Sin creérselo ni por un segundo. —Matteo. —¿Qué? —No hace falta que me mientas. Sonreí con amargura. Porque entendía perfectamente por qué no me creía. —No estoy mintiendo. Entrecerró los ojos. Claramente divertida. —Claro. Matteo Delacroix, patrón de la castidad. Puse los ojos en blanco. Pero enseguida volví a ponerme serio. Y vi cómo su sonrisa iba desapareciendo poco a poco. —No, Tess. Ya había estado con otras personas. Las palabras sonaron extrañas. Vacías. Porque después de ella… de verdad se sentía diferente. Acaricié lentamente su mejilla con el pulgar antes de continuar. —Pero aquello nunca fue esto. Ella guardó silencio. Observándome con atención. —Las otras veces solo era… rápido. Deseo. Pasión. Algo sin importancia. Sentí que la garganta se me cerraba. Porque nunca había admitido aquello, ni siquiera ante mí mismo. —Lo que pasó aquí hoy fue diferente. Su mirada se suavizó de inmediato. —¿Diferente cómo? Solté una risa baja por la nariz. Sin poder esconder mi vulnerabilidad por primera vez en la vida. —Como el amor. El silencio cayó entre los dos. Pero no era incómodo. Solo intenso. Demasiado sincero. Tomé su rostro con delicadeza entre mis manos. —Nadie me había hecho sentir lo que tú me haces sentir. Tessa me besó antes de que pudiera arruinar aquel momento. Despacio. Con ternura. Y quizá así fue todavía peor. Porque cada vez que me besaba me resultaba más difícil imaginar perderla cuando descubriera la verdad. La atraje aún más hacia mí, acomodando su cuerpo contra el mío como si una parte de mí intentara impedir que el tiempo siguiera avanzando. Como si pudiera hacer que aquella noche durara para siempre. Poco a poco los besos se transformaron en caricias. En respiraciones tranquilas. En manos perezosas recorriendo la piel del otro mientras el sueño empezaba a vencernos. Y cuando Tessa finalmente se quedó dormida abrazada a mi pecho… Yo seguí mirándola en la oscuridad. Pensando que quizá había destruido lo mejor que me había pasado en la vida incluso antes de que pudiera empezar de verdad. No sé cuánto tiempo dormí. Pero los golpes en la puerta me arrancaron del sueño de forma violenta. Una vez. Dos. Tres. Con una fuerza brutal. Tessa se movió enseguida a mi lado, todavía adormilada. —¿Matteo…? Entonces llegaron las voces. Muchas voces. Risas apagadas en el pasillo. Mi cerebro tardó un segundo entero en entender lo que estaba pasando. Y cuando lo hizo… Sentí que la sangre se me helaba. Porque reconocí algunas de aquellas voces. Joder. Pero lo peor era que aquello no tenía ningún sentido. Ninguno. Eso no formaba parte de la apuesta. Nadie debía saber que yo estaba allí. Mucho menos en ese hotel. Y muchísimo menos con ella. Hacía semanas que les había dicho que olvidaran toda esa m****a. Le había dejado claro a Henrique que aquello había ido demasiado lejos. Entonces, ¿cómo demonios lo habían descubierto? Otro fuerte golpe retumbó en la puerta. —¡Abre, capitán! —gritó alguien desde el otro lado—. ¡Venimos a entregarte tu premio! Sentí que el estómago se me revolvía violentamente. Porque en ese instante lo entendí. La foto. La maldita foto del ascensor. Alguien debía de haber reconocido el hotel. —¿Matteo…? —volvió a llamarme Tessa, ya completamente despierta. Su voz sonó pequeña. Confusa. Me levanté de la cama demasiado deprisa. Demasiado desesperado. —No abras la puerta. Ella me miró inmediatamente. Y creo que algo en mi rostro hizo que comprendiera al instante que aquello no era ninguna broma. Porque su expresión cambió por completo. —¿Qué está pasando? Las voces aumentaron al otro lado. Más risas. Más golpes. —¡¿La Blake sigue viva ahí dentro o la mataste, capitán?! Mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que dolía. —Tess, puedo explicarlo. Pero ella ya estaba recogiendo su ropa del suelo. Movimientos rápidos. Bruscos. Las manos le temblaban mientras volvía a ponerse el vestido. —¿Explicarme qué? —preguntó en voz baja. Aquello fue peor que un grito. Muchísimo peor. Porque ya estaba empezando a entender. Poco a poco. Pedazo a pedazo. Y yo podía ver exactamente el instante en que algo comenzaba a romperse dentro de ella. La desesperación me invadió por completo. —No fue así. Te juro que no fue así. Pero incluso para mí mi voz sonaba demasiado débil.






