Sofía apretaba las manos sobre su regazo, sus dedos se torcían en un nudo de ansiedad. Sentía su pecho apretado, como si el aire en la habitación fuera insuficiente para llenar sus pulmones. Cada palabra de Aidan era un golpe directo a su conciencia, y por más que intentaba mantener la calma, su voz temblaba con cada suspiro.
Aidan, por otro lado, caminaba como una fiera enjaulada. Su mandíbula estaba tensa, y sus manos se cerraban en puños que luego se relajaban, como si estuviera luchando p