Ricardo se despertó por la mañana con un olor no identificado y con la mano tocando una mancha mojada.
Al pensarlo, a Ricardo le dio ganas de lavarse las manos cientos de veces.
Dijo Aria, —¡No lo hice! Claramente fue ese cabrón lo que mojó la cama y me tendió una trampa.
A su lado, dijo Gabriel, —Arita, los adultos no mojan la cama, solo los niños lo hacen. Eres la única niña aquí, ¿sigues intentando escurrir el bulto?
—¡Soy una adulta, no una niña!
Aun así, Aria era un poco tímida y, a escondi