Ahora tuvo dinero para gastar a su antojo.
Había elegido varios pañuelos de seda, que iba a quedar bien a la abuela Vargas.
En la caja, una tarjeta se le acercó por detrás, —pasa la mía.
Magnolia bajó la tarjeta y volvió a mirar a Ricardo, —¿qué haces?
—¡No tengo la costumbre de dejar que mi mujer gaste su dinero!
—Entonces, solía gastar mi propio dinero en la compra y tú no dijiste nada. Ahora que estoy divorciada y no me falta el dinero, ¿dices que no tienes la costumbre de dejar que la mujer