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El sonido del metal al chocar llenó el aire. Los gritos de la gente del pueblo se oyeron en todas partes. La guerra había llegado. Y la paz, que habían encontrado en ese pequeño pueblo, se había desvanecido.
La gente, aterrada, se había dispersado. Menkat, con una sonrisa cruel en el rostro, observaba la escena. Sus guardias, armados con espadas y escudos de bronce, se movían con precisión. Eran una máquina de guerra. Ahmose, con su sola espada, era solo un hombre.
—Eres un estúpido, Ahmose