Capitulo 104

El interior del templo era aún más sombrío, y solo unas pocas antorchas mal colocadas lanzaban destellos amarillentos sobre los rostros tensos de una docena de hombres. Eran un grupo selecto, la élite de la lealtad de Imhotep. Entre ellos el General Nakht se destacaba por su porte imponente, su armadura bruñida reflejando la luz de las llamas con destellos anaranjados. Cerca de él, la joven doncella, Kamilah, con su rostro inexpresivo y sus ojos fijos en el Sumo Sacerdote. Había también tres sacerdotes de alto rango, sus túnicas blancas ahora manchadas por el polvo del viaje, y un puñado de militares con los galones más altos.

Imhotep se colocó frente a ellos, sus manos entrelazadas a la espalda. Su rostro no mostraba la furia, sino una calma que resultaba más inquietante. Sus ojos escrutaron cada mirada.

—Los he convocado aquí, en este lugar de viejos dioses y susurros olvidados —comenzó Imhotep—. No es un asunto de rituales ni de ofrendas. Es un a
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