Abbey estaba harta de escuchar los chillidos de las chicas cada vez que su prometido entraba en escena. Aunque ella era parte del club de esgrima, no tocaba nunca una espada. Su trabajo consistía en lavar las toallas sudorosas, reponer las botellas de agua vacías y ordenar el almacén. Pero desde que él se unió al club, el gimnasio se había convertido en un hervidero de admiradoras que no perdían detalle de sus combates y sus movimientos. Abbey les lanzaba miradas asesinas, pero ellas seguían co